La guerra de drones burla las espesas fronteras de Oriente Medio

La guerra de drones burla las espesas fronteras de Oriente Medio

Pasado el sabbat, Beniamin Netanyahu nos obsequió con una cita del Talmud: “Antes de que te maten, mátalos tú a ellos”. La licencia espiritual venía al caso por el “atentado preventivo” cometido unas horas antes en las afueras de Damasco por varios misiles israelíes. Aunque Tel Aviv no reconoce casi nunca sus constantes agresiones en territorio sirio, esta vez ofreció una elaborada explicación: “Hemos impedido un ataque con drones kamikazes contra territorio israelí”. Dos brigadistas de Hizbulah yacían muertos.

Pocas horas después, un ataque con dos drones, esta vez no hipotético sino real, sacudía el sur de Beirut. El primero no llegaba a explotar, mientras que el segundo estallaba frente a una sede de prensa de Hizbulah, con toda probabilidad en busca de una víctima de alto rango. A lo largo del domingo, dos ataques más incendiaban la región, uno contra otros milicianos chiíes –esta vez en Irak– y otro contra una base del Frente Popular de Liberación de Palestina, en el valle de la Beqaa.

El Goliat israelí dispara primero, cuando se multiplican los síntomas de que la honda del siglo XXI, en forma de dron, empieza a extenderse peligrosamente entre los aliados de Irán, a cual más descamisado, desde los hutíes del Yemen hasta el mismo Hizbulah, sin olvidar a Hamas.

Algunos oficiales iraníes consideran que un ataque a manos de “un enjambre de drones” es tan sólo una cuestión de tiempo. ­Israel, pionero en estas tecnologías, que exporta a multitud de países, conoce el peligro. Y en el último año y medio ha habido diez incidentes de drones con ­explosivos lanzados desde Gaza.

Riad acusa a Irán de estar detrás de los ataques hutíes con drones a su industria petrolera

China ha inundado la región en los últimos años con drones por lo menos cuatro veces más baratos. Se han aprovechado de la oferta los ejércitos de Arabia Saudí, de los Emiratos, de Jordania… y del mismo Israel, donde los drones chinos son ya los más numerosos, según un periódico israelí. Abu Dabi los usa contra los hutíes en Yemen. Estos, a su vez, los usan –esta semana, diez a la vez– contra refinerías, oleoductos y aeródromos de Arabia Saudí.

Aunque Riad es el primer importador mundial de armas, The Wall Street Journal aseguraba ayer que Washington prepara ya negociaciones directas con los hutíes para terminar de una vez con la guerra saudí en Yemen.

Son chinos también los drones que utiliza Egipto contra los yihadistas en el norte del Sinaí. Israel, como China, ha demostrado pocos remilgos a la hora de vender su versión artillada del avión no tripulado. Ante tanta competencia, el presidente de EE.UU. eliminó el año pasado la exigencia de un permiso previo para la exportación de sus pioneros Predator (1995) o Reaper. O Global Hawk, el derribado hace dos meses por un misil iraní en el estrecho de Ormuz.

Varios drones de fabricación israelí han sido derribados por las fuerzas de Jalifa Haftar en Libia. Al parecer, donados por Turquía al Gobierno de Trípoli reconocido por la ONU. En un despliegue simétrico al de drones chinos de la Fuerza Aérea de los Emiratos donados a Haftar.

Algunos drones caben en la palma de la mano y otros tienen una envergadura de decenas de metros, pero tienen en común su cobardía. En Afganistán se han usado miles de veces para eliminar enemigos. Sin riesgo, ni testigos, ni juicios. Los psicólogos ­advierten que un operador de drones, en una consola a miles de kilómetros, está a un solo paso de convertirse en un asesino.

Cuando los drones ya no sobrevuelan montañas afganas sino una capital mediterránea, sorteando sus edificios para cometer un asesinato selectivo –un atentado–, se da otro paso y se cruza una línea roja. ¿Quién estará a salvo?

¿Cazas rusos para Erdogan?

Vladímir Putin mostró ayer los cazas más avanzados a su invitado de honor al Salón Aéreo de Moscú, Recep Tayyip Erdogan. El presidente turco busca alternativas después de que Washington expulsara a Ankara del programa del caza furtivo F-35, tras su adquisición de baterías antiaéreas rusas S-400. El Pentágono considera inconcebible, con razón, la posesión de ambos sistemas. Estudiadamente, ayer mismo despegaba de Rusia la segunda remesa del S-400 con destino a Turquía, mientras Putin mostraba a Erdogan la cabina de un caza furtivo SU-57 de Sujói. No obstante, la expresión de ambos delataba preocupación por la situación en Siria, donde Rusia y Turquía se encuentran en trincheras opuestas. 

En Idlib, los militares sirios y rusos están haciendo retroceder a yihadistas y a rebeldes aliados de Ankara. Uno de los doce puestos de observación turcos ya ha sido rodeado por las tropas de El Asad. “Nuestros soldados están en peligro”, dijo Erdogan. “Coincidimos en la integridad de Siria”, soltó Putin, a pesar de Idlib y del pacto de Turquía y EE.UU. para desgajar una “franja tampón” en el norte kurdo.

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