Warren Buffet: quién es el mejor amigo y gurú de Bill Gates, que a los 90 años acaba de entrar en el club de los US$100.000 millones

Warren Buffet: quién es el mejor amigo y gurú de Bill Gates, que a los 90 años acaba de entrar en el club de los US$100.000 millones

Toma cinco latas de Coca-Cola por día, adora las hamburguesas y las nuggets de pollo. A la edad en la que muchos llevan tiempo retirados, él salta de la cama todas las mañanas para ir a sus oficinas en Nebraska y sigue haciendo –y donando– fortunas. El fundador de Microsoft lo idolatra: hablan todas las semanas, juegan al Bridge y lo considera su mentor.

Cuando cumplió 90 años, en agosto del año pasado, Bill Gates le dedicó en sus redes una carta en la que declaraba: “De todas las cosas que he aprendido de Warren Buffett (y son muchas), la más importante es de qué se trata la amistad”. También un video en el que se ve al creador de Microsoft cocinar una torta de Oreo con la cara de quien ha sido su mejor amigo durante las últimas tres décadas. Fue una elección deliberada: esas galletitas son el postre favorito de Buffett.

El legendario inversor y CEO de Berkshire Hathaway es un hombre de gustos tan simples que en un multimillonario parecen excéntricos. Todavía maneja su propio auto y vive en la modesta casa de Omaha, Nebraska, que compró hace 50 años por US$31.500, poco después de casarse por primera vez. También fue pionero de una moda millennial: en su tiempo libre, se divierte tocando el ukelele, el instrumento que aprendió para conquistar a una mujer.

Bill Gates le desea feliz cumpleaños a Warren Buffett

Al cuarto hombre más rico del mundo, que acaba de entrar al club de los US$100.000 millones a una edad en la que muchos llevan tiempo retirados, le fascinan los clásicos de la cocina americana: además de las Oreo, adora las hamburguesas, los nuggets de pollo de McDonalds y los helados de palito. También hizo un culto de la Cherry Coke: “Soy un cuarto Coca-Cola: tomo cinco latas todos los días de mi vida”, le dijo al Financial Times en una extensa entrevista en 2019, en la que aseguró que gracias a eso “salta de la cama” cada mañana para ir a trabajar.

Detrás de su fanatismo por la gaseosa de la fórmula secreta hay razones sentimentales y económicas. Su primer negocio, cuando solo tenía 6 años, fue comprar packs de media docena de Coca por 25 centavos en el almacén de su abuelo y revender cada botella por 5. Mientras sus compañeros jugaban, Warren aprendía a hacer plata. Para los 11 años, este hijo de un ama de casa y un corredor de bolsa y congresista republicano, estaba listo para dar sus primeros pasos en el mundo de las finanzas. Por entonces, compró sus primeras acciones en Cities Services a US$38 y las vendió apenas subió su cotización. De haber esperado un tiempo más, hubiera obtenido US$200 por cada una. “Comprar y aguantar” fue desde ese momento uno de los mantras más populares de quien hasta hoy es conocido como “el oráculo de Omaha”.

Warren Buffett de pequeño. A los 11 años hizo su primer negocio
Warren Buffett de pequeño. A los 11 años hizo su primer negocio
Ya era millonario cuando en 1988 comenzó a adquirir acciones de la compañía que le hizo ganar sus primeros centavos. Invertir en Coca-Cola fue uno de sus mayores aciertos: en menos de tres años, su stock, que aún conserva, valía más que toda su empresa. Otro emprendimiento de su juventud que con el tiempo retomó con creces fueron los medios de comunicación. Cuando su familia se mudó a la capital de los Estados Unidos para que su padre se dedicara de lleno a la política, Warren, de 13 años, empezó a trabajar como canillita repartiendo casa por casa el Washington Post. Ya tenía un objetivo claro: quería ahorrar para entrar en la Bolsa y hacerse rico. En 1973, en pleno Watergate, llegaría a ser uno de los principales accionistas del diario y el confidente –y amante– de su mítica jefa de redacción, Katherine Graham. Buffett solo vendió su parte en el Post al dueño de Amazon, Jeff Bezos, en 2014, más de una década después de la muerte de su vieja amiga.

Graham tuvo bastante que ver en el primer encuentro de Buffett con Bill Gates, al que según confesaron ambos más tarde, ninguno de los dos quería asistir. La cita fue el 5 de julio de 1991 y la organizó en su casa Mary Gates, la madre de quien entonces era uno de los más jóvenes magnates del planeta. Había invitado a la editora del Washington Post, Meg Greenfield, junto a sus amigos Buffett y Graham. El fundador de Microsoft no quería tomarse el día libre. Estaba convencido de que no tenía nada en común con el CEO de Berkshire. Buffett tampoco tenía interés en conocer a Gates: “Mientras manejaba hacia la casa, dije, ‘¿Qué diablos vamos a hacer todo el día con esta gente? ¿Cuánto tiempo tenemos que quedarnos para ser educados?’”. Finalmente, Gates programó participar de la reunión por media hora, solo porque quería que Graham le contara la historia del Post. En cambio, fueron más de diez horas de charla ininterrumpida, con preguntas que nadie se atrevía a hacerles y respuestas de una agudeza que no estaban acostumbrados a escuchar.

Dicen que fue amistad a primera vista. Gates lo idolatra: su libro favorito –Business Adventures, de John Brooks– es el que le prestó Buffett poco después de aquel día, y hasta aprendió a tocar el ukelele. Hablan durante horas por teléfono y, según contó Gates en su blog, desde que la pandemia impuso el aislamiento obligatorio, juegan al bridge online todas las semanas. Pero la mentoría es mutua. Volcado a la filantropía al igual que su amigo, Buffett fundó junto a él y su mujer, Melinda Gates, Giving Pledge, la organización que compromete a las personas más ricas del mundo a devolver la mayor parte de sus fortunas a causas benéficas. De hecho, podría haber llegado a los US$100.000 millones hace años, si no fuera porque ha donado más de US$37.000 millones en acciones de Berkshire desde 2006. Si eso no hubiera reducido sus activos a casi a la mitad, su compañía valdría más de US$192.000 millones. Sigue siendo hasta hoy la mayor donación hecha en vida por quien, además, asegura que, al morir, se desprenderá del 99% de su fortuna.

Un maestro a la hora de usar analogías que todos pueden entender, el gurú de las finanzas –que también tiene inversiones en American Express, Moody’s, Netjets, Delta Airlines, Apple y Bank of America– suele usar metáforas sexuales: “Es bueno tener mucho dinero, pero uno no quiere tenerlo para siempre. De lo contrario, es un poco como dejar el sexo para cuando uno sea viejo”. Sin embargo, Buffett se arrepiente de los deslices de su vida amorosa. En su biografía autorizada, The Snowball, reconoció ante la periodista Alice Schroeder que el mayor error que cometió fue dejar que Susie, la madre de sus tres hijos –Susie Jr, Howard y Peter–, se fuera de la casa que compartían en Omaha. Buffett siempre había sido infiel, y Susan estaba al tanto de su aventura con la editora en jefe de The Washington Post, pero cuando empezaron a mostrarse juntos en fiestas y escapadas a la exclusiva isla Martha’s Vineyard, no le perdonó la desprolijidad.

En 1977, Susie se mudó a California, aunque nunca se divorció de su marido, que estaba devastado. “Temía que no pudiera arreglárselas solo”, confió en su momento la primera mujer de Buffett, que contrató a una señora para que se ocupara de él en Omaha. Astrid Menks acompañó desde entonces al magnate de una manera particular: era amiga de Susie y los tres comenzaron a funcionar como un trío, al punto en que firmaban juntos las tarjetas de fin de año como “Warren, Susie y Astrid”. Cuando Susie murió, en 2004, el multimillonario se casó con la mujer que su propia esposa había contratado y con la que ya mantenía una relación pública hacía años. Pionero del poliamor, confesó: “Susie fue mi sostén durante muchos años. Yo no estuve ahí para ella, pero ella siempre estuvo para mí. Y ahora, Astrid me sostiene por ella.”

“Mi madre y Astrid se adoraban”, dijo la hija mayor de Buffett al New York Times después del casamiento de su padre y Menks, en 2006, que festejaron lejos de todo lujo, en un local de una cadena de restaurantes de pescados y mariscos de Nebraska. Quizá porque su padre lo obligó a estudiar cuando él estaba decidido a volcarse a los negocios, el multimillonario cree que “lo peor que se puede hacer en la crianza es usar el dinero para inducir algún comportamiento con los niños. Le dije a mis hijos que no tenían que hacer nada, ni terminar la facultad, ni convertirse en doctores o abogados. Les dije que usaran sus talentos en cualquier forma que creyeran que iba a beneficiar a la sociedad”. Como su amigo Gates, no les dio grandes fortunas a sus herederos, sino “el suficiente dinero como para que sientan que pueden hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que no hagan nada”. Buffett sostiene que un buen padre debe “desarrollar sus excentricidades mientras es joven”. Como si comer nuggets de pollo tres veces por semana o festejar comiendo mariscos con las manos en un local de medio pelo no fuera algo excéntrico para el quinto hombre más rico del mundo. Pero quien hizo del ahorro un culto enseña tal vez de esa manera su máxima fundamental: “El precio es lo que pagás. El valor es lo que obtenés”. Y ese valor para él está en las cosas simples.

Desde 1978, Charlie Munger lo acompaña en su holding como vicepresidente. “No hay muchas personas a las que escuche, pero Charlie me ha dado muy buenos consejos. He vivido una mejor vida gracias a él”, dijo el multimillonario sobre su socio, que celebró 97 años el 1º de enero último. Buffett no tiene pensado dejar su cargo, pero ya dio pistas sobre su estrategia para el futuro. En una de sus últimas cartas a los inversores de Berkshire Hathaway admitió: “Hace tiempo que Charlie y yo hemos entrado en la zona urgente. Eso no es exactamente una gran noticia para nosotros, pero los accionistas de la empresa no tienen de qué preocuparse. Nuestra compañía está 100% preparada para nuestra partida”.

Durante la pandemia, probó, sin embargo, que su visión sigue tan afilada como en sus mejores momentos gracias a una de sus grandes premisas: “Simplemente intento tener miedo cuando otros son codiciosos y ser codicioso solo cuando otros tienen miedo”. Sus inversiones en tecnología, e-commerce y salud dispararon el volumen de negocios de su compañía. En su biografía, Schroeder sostiene que Buffett se mantuvo por más de cuarenta años en la cima de un negocio en el que solo un lustro de éxito es un logro extraordinario. “Pero, cada vez que el récord se estira, la pregunta sobrevuela: ¿Cuándo fallará? ¿Será él mismo el que ponga fin a su reinado o deberá ser un sismo el que lo destrone?”. El más longevo de los magnates responde a esa pregunta con los hechos, cada mañana, mientras abre otra lata de Coca-Cola y salta de la cama para ir a su oficina.

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