Los casos leves de COVID-19 también podrían acelerar el envejecimiento cerebral

Los casos leves de COVID-19 también podrían acelerar el envejecimiento cerebral

Investigadores de la Universidad de Texas detectaron una reducción del grosor de la materia gris en quienes tuvieron coronavirus, independientemente de su gravedad lo que podría adelantar el deterioro cognitivo. Cuáles son los detalles del estudio.

Con más de 18 meses de pandemia en el espejo retrovisor, los investigadores han estado reuniendo constantemente nuevos conocimientos sobre los efectos del COVID-19 en el cuerpo y el cerebro. Estos hallazgos están generando preocupaciones sobre los impactos a largo plazo que el coronavirus podría tener en procesos biológicos como el envejecimiento.

Un estudio preliminar a gran escala realizado por científicos de la Universidad de Oxford, que investiga los cambios cerebrales en personas que habían experimentado COVID-19, llamó mucho la atención dentro de la comunidad de las neurociencias. En ese documento, los investigadores partieron de una base de datos existente llamada UK Biobank, que contiene datos de imágenes cerebrales de más de 45.000 personas en el Reino Unido desde 2014. Esto significa que había datos de referencia e imágenes cerebrales de todas esas personas antes de la pandemia.

Al mismo tiempo, la neurocientífica cognitiva Jessica Bernard, profesora de la Universidad de Texas, que no formó parte de ese estudio de Oxford, en una de sus últimas investigaciones, se centró en comprender cómo los cambios cerebrales normales relacionados con el envejecimiento afectan la capacidad de las personas para pensar y moverse, especialmente en la mediana edad y más allá. “Pero a medida que surgieron más pruebas que demostraban que el COVID-19 podría afectar el cuerpo y el cerebro durante meses o más después de la infección, mi equipo de investigación se interesó en explorar cómo también podría afectar el proceso natural del envejecimiento”, indicó.

El equipo de investigación de Oxford analizó los datos de las imágenes cerebrales y luego a los que habían sido diagnosticados con COVID-19 con exámenes cerebrales adicionales. Compararon a las personas que habían experimentado COVID-19 con los participantes que no, identificando cuidadosamente los grupos según la edad, el sexo, la fecha de referencia de la prueba y la ubicación del estudio, así como los factores de riesgo comunes de enfermedad, como las variables de salud y el nivel socioeconómico.

El equipo encontró marcadas diferencias en la materia gris, que está formada por los cuerpos celulares de las neuronas que procesan la información en el cerebro, entre los que se habían infectado con COVID-19 y los que no. Específicamente, el grosor del tejido de materia gris en las regiones del cerebro conocidas como lóbulos frontal y temporal se redujo en el grupo de COVID-19, a diferencia de los patrones típicos observados en el grupo que no había experimentado COVID-19.

Una nebulosa gris

En la población general, es normal ver algún cambio en el volumen o grosor de la materia gris con el tiempo a medida que las personas envejecen, pero los cambios fueron mayores de lo normal en aquellos que habían sido infectados con COVID-19.

Curiosamente, cuando los investigadores separaron a las personas que tuvieron una enfermedad lo suficientemente grave como para requerir hospitalización, los resultados fueron los mismos que para aquellos que habían experimentado un COVID-19 más leve. Es decir, los sujetos que habían sido infectadas mostraron una pérdida de volumen cerebral incluso cuando la enfermedad no era lo suficientemente grave como para requerir hospitalización.

Finalmente, los investigadores también analizaron los cambios en el desempeño en tareas cognitivas y encontraron que aquellos que habían contraído COVID-19 eran más lentos en el procesamiento de información, en comparación con aquellos que no lo habían hecho.

“Si bien debemos ser cuidadosos al interpretar estos hallazgos mientras esperan una revisión formal por pares, la gran muestra, los datos previos y posteriores a la enfermedad en las mismas personas y el emparejamiento cuidadoso con personas que no habían tenido COVID-19 han hecho que este trabajo preliminar sea particularmente valioso”, afirma Bernard quien no participó en el documento.

¿Qué significan estos cambios en el volumen cerebral? Al principio de la pandemia, uno de los informes más comunes de las personas infectadas con COVID-19 fue la pérdida del sentido del gusto y el olfato. Sorprendentemente, las regiones del cerebro que los investigadores del Reino Unido encontraron afectadas por COVID-19 están todas vinculadas al bulbo olfatorio, una estructura cerca de la parte frontal del cerebro que transmite señales sobre los olores desde la nariz a otras regiones del cerebro. El bulbo olfatorio tiene conexiones con regiones del lóbulo temporal. “A menudo hablamos del lóbulo temporal en el contexto del envejecimiento y la enfermedad de Alzheimer porque es donde se encuentra el hipocampo -explicó Bernard-. Es probable que el hipocampo desempeñe un papel clave en el envejecimiento, dada su participación en la memoria y los procesos cognitivos. El sentido del olfato también es importante para la investigación de la enfermedad de Alzheimer, ya que algunos datos han sugerido que quienes están en riesgo de contraer la enfermedad tienen un sentido del olfato reducido”.

Si bien es demasiado pronto para sacar conclusiones sobre los impactos a largo plazo de estos cambios relacionados con el SARS-CoV-2, es de gran interés investigar las posibles conexiones entre los cambios cerebrales relacionados con COVID-19 y la memoria, particularmente dadas las regiones implicadas y su importancia en la memoria y la enfermedad de Alzheimer.

Estos nuevos hallazgos generan preguntas importantes que aún no han sido respondidas: ¿Qué significan estos cambios cerebrales después de COVID-19 para el proceso y el ritmo del envejecimiento? Y, con el tiempo, ¿el cerebro se recupera hasta cierto punto de una infección viral? Estas son áreas de investigación activas y abiertas, “algunas de las cuales estamos comenzando a hacer en mi propio laboratorio junto con nuestro trabajo continuo de investigación del envejecimiento cerebral”, indicó Bernard.

“Nuestro espacio demuestra que a medida que las personas envejecen, el cerebro piensa y procesa la información de manera diferente. Además, hemos observado cambios a lo largo del tiempo en cómo se mueven los cuerpos y cómo las personas aprenden nuevas habilidades motoras”, describió.

Varias décadas de trabajo han demostrado que los adultos mayores tienen más dificultades para procesar y manipular la información, como actualizar una lista mental de la compra, pero por lo general mantienen su conocimiento de los hechos y el vocabulario. Con respecto a las habilidades motoras, sabemos que los adultos mayores todavía aprenden, pero lo hacen más lentamente que los adultos jóvenes.

Cuando se trata de la estructura del cerebro, normalmente se ve una disminución en el tamaño del cerebro en los adultos mayores de 65 años. Esta reducción no se localiza solo en un área. Se pueden observar diferencias en muchas regiones del cerebro. También suele haber un aumento de líquido cefalorraquídeo que llena el espacio debido a la pérdida de tejido cerebral. Además, la materia blanca, el aislamiento de los axones (cables largos que transportan impulsos eléctricos entre las células nerviosas) también está menos intacto en los adultos mayores.

“Aprender cómo encajan todas estas piezas del rompecabezas nos ayudará a desentrañar los misterios del envejecimiento para que podamos ayudar a mejorar la calidad de vida y el funcionamiento de las personas que envejecen. Y ahora, en el contexto de COVID-19, nos ayudará a comprender el grado en que el cerebro también puede recuperarse después de una enfermedad”, concluyó Bernard.

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