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Rafael Tomás Hernández Ramos

Hay hombres cuya obra trasciende su existencia y cuyo nombre queda unido a las transformaciones de la sociedad a la que le sirvieron. Al desaparecer físicamente, dejan realizaciones que perduran y una memoria que el tiempo no consigue borrar. El arquitecto Rafael Tomás Hernández Ramos pertenece a esa generación de dominicanos que contribuyó, con talento y dedicación, a definir la fisonomía de la Santo Domingo moderna.
Nacido en Tamboril, Santiago, Hernández Ramos desarrolló una trayectoria profesional estrechamente vinculada al crecimiento urbano de la capital dominicana. Desde sus primeros años mostró especial interés por la vivienda económica y la planificación urbana, convencido de que la arquitectura debía responder no solamente a exigencias estéticas y técnicas, sino también a las necesidades concretas de la población.
Su participación en proyectos vinculados a sectores como el Ensanche Luperón, Matahambre, Guachupita. Los Guandules y Villa Duarte, así como como su relación profesional con importantes avenidas, parques y espacios públicos, lo sitúan entre los arquitectos cuya labor contribuyó a transformar el pasaje urbano dominicano. La avenida 27 de Febrero, la avenida de los Reyes Católicos, el parque Mirador Dr. Joaquín Balaguer y el parque Mirador Norte, así como el Cinturón Verde constituyen referencias de un proceso de planificación y expansión que marcó una etapa significativa de la historia de Santo Domingo.
Su vocación también se manifestó en la docencia y en la formación de nuevas generaciones de profesionales. Vinculado desde sus años de estudiante a figuras destacadas de la arquitectura nacional, entre ellas Guillermo González, participó asimismo en la fundación del Colegio Dominicano de Ingenieros, Arquitectos y Agrimensores (CODIA), contribuyendo al fortalecimiento institucional de su profesión.
En la historia contemporánea del país, su nombre está asociado a los grandes proyectos urbanos impulsados durante los gobiernos de su amigo, el doctor Joaquín Balaguer. Entre ambos existió una relación de amistad y confianza que trascendió el ámbito profesional. Hernández Ramos aportó sus conocimientos y experiencia a iniciativas que modificaron importantes sectores de la capital, en una época caracterizada por una intensa actividad constructiva y por grandes intervenciones en la infraestructura urbana.
Reconocer su contribución es también reconocer el papel de los profesionales que, desde sus respectivas responsabilidades, participaron en la construcción de la República Dominicana contemporánea. La historia de una ciudad no se explica únicamente por sus gobernantes, sino también por los técnicos, arquitectos e ingenieros que hicieron realidad sus proyectos.
En 2023, la publicación de ¨Rafael Tomás Hernández. La ciudad del hombre¨ del arquitecto Gustavo Luis Moré, bajo el sello editorial del Banco Central de la República Dominicana, contribuyó a documentar y preservar su trayectoria. Fue una manera de reconocer que detrás de las avenidas, los parques y los proyectos habitacionales existen ideas, esfuerzos y voluntades que merecen ser recordados.
Pero, junto al reconocimiento de sus méritos profesionales, deseo dejar constancia de la pérdida que su partida representa en el orden personal. Hemos perdido a un caballero de trato digno y afable, siempre dispuesto a prestar su colaboración en los trabajos de la Fundación Joaquín Balaguer, de la que fue miembro fundador e integrante de su Consejo Rector.
Su lealtad, su generosidad y su permanente disposición a servir constituyeron expresiones de una calidad humana que honraba la amistad y aumentaba mi admiración por él, además de fortalecer los vínculos institucionales. Su ausencia deja un vacío profundo, difícil de llenar. Por eso al despedir al arquitecto que contribuyó al desarrollo urbano dominicano, despido también al amigo cuya nobleza y espíritu de colaboración permanecerán indelebles en mi memoria.
La muerte pone término a la existencia, pero no puede destruir el legado de una vida fecunda. Las ciudades cambian, las edificaciones se transforman y las generaciones se suceden; sin embargo, permanece la huella de quienes dedicaron sus conocimientos y esfuerzos a construir para los demás.
Descanse en paz, don Rafael Tomás Hernández Ramos. Su vida nos deja el ejemplo de una vocación profesional cumplida, una amistad honrada y una lealtad que merece perdurar en el recuerdo de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.

