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Así fue el último día de Bergoglio en Argentina: «Nos vemos a la vuelta»
El 11 de febrero de 2013, a las 11:30 de la mañana en Roma, Benedicto XVI sorprendió al mundo anunciando su renuncia papal en latín. Mientras las palabras del Papa alemán resonaban en la Ciudad Eterna, en Buenos Aires ya era la 7:30 de la mañana. Jorge Mario Bergoglio, en ese entonces cardenal y arzobispo de la capital argentina, ya había estado despierto durante tres horas. Su jornada comenzaba en su modesto departamento en el segundo piso de la Curia, un lugar sencillo de dos habitaciones. En ese mismo instante, en otra parte del edificio contiguo a la Catedral Metropolitana, con vista a la Plaza de Mayo, el padre Alejandro Russo, actual rector de la Catedral de Buenos Aires, también despertaba, sorprendido por la noticia.
El padre Russo conocía a Bergoglio desde su tiempo como provincial de los Jesuitas. Su vínculo se fortaleció cuando el Cardenal Quarracino lo nombró obispo auxiliar de la ciudad y vicario en Flores, en una época en que el padre Russo se encargaba de la parroquia de Belgrano, donde curiosamente, Alberto, uno de los hermanos de Bergoglio, acudía a misa.
En la sacristía de la Catedral, rodeado de cálices de arzobispos, un antiguo aguamanil traído por el rey Carlos III en el siglo XVIII y reliquias de santos, el padre Russo recordaba aquellos días previos a la partida del cardenal Bergoglio de Buenos Aires. «Él siempre seguía el mismo patrón», destacó al comenzar. La rutina de Bergoglio en Buenos Aires era minuciosa. Se levantaba a las 4:30 de la mañana, iniciando su día con dos horas y media de lectura y meditación, como corresponde a un buen jesuita. Luego, si no tenía compromisos importantes, oficiaba misa y ocupaba su despacho a las 7:00, respondiendo cartas y atendiendo audiencias. A las 11:30, ya estaba almorzando en el comedor del segundo piso, seguido de una breve siesta. La tarde se completaba con más trabajo en su oficina hasta las 19:00. «Él siempre estaba disponible para atender llamadas, resolvía todo rápidamente», señalaba el padre Russo, quien también recordaba que Bergoglio nunca utilizó computadora, prefiriendo escribir a mano o en una máquina de escribir eléctrica. Durante un tiempo contó con un secretario, y luego tuvo dos asistentas para atender el teléfono, Otilia y Elisa. Sin embargo, la agenda, que era de papel, la llevaba él mismo en su antiguo portafolios con hebillas.
«Era muy austero con la comida», recordaba el padre Russo. «Jamás lo vi preparar un mate ni llevar un termo. Aquello de que en el Vaticano se dedicaba a cebar mates es solo un mito. Prefería el café y, si le ofrecían un mate, lo aceptaba, pero no era algo habitual en él». Bergoglio era muy cuidadoso con su salud, se alimentaba de verduras y disfrutaba de la gastronomía piamontesa, siempre con mesura. Su sentido del humor se reflejaba en anécdotas como aquella ocasión en la que, al ver a su hermano Alberto y al padre Russo en Roma, exclamó: «¡Ay, Dios! Todas las pizzerías de Roma están en alerta».
Las cenas que compartía eran sencillas y se realizaban temprano. “Él mismo calentaba lo que le dejaban preparado. No tenía problemas en hacer las cosas por su cuenta”, recuerda Russo. A las 9 de la noche se retiraba a su habitación, un espacio austero con una cama, un armario y una mesita de luz. No tenía televisor, ya que había hecho una promesa a la Virgen del Carmen. Su única excepción a la rutina era escuchar música clásica los sábados por la tarde, momento en que sintonizaba Radio Nacional.
En la Curia, Bergoglio contaba con tres oficinas. La más amplia la utilizaba solo cuando no había mucha gente. El día en que Benedicto XVI anunció su renuncia, el cardenal Bergoglio estaba trabajando en su oficina, en pleno lunes de Carnaval, en un ambiente de total serenidad, casi como si nada importante estuviera sucediendo. A las 8 de esa mañana, el padre Russo recibió una llamada inesperada en su habitación, informándole sobre la renuncia papal. Inmediatamente, se comunicó con Bergoglio.
“¿Dónde te encuentras? ”, preguntó el arzobispo. “En mi cuarto”, respondió Russo. “Vístete y ven”, le indicó Bergoglio. Al llegar a la oficina, vio que el Papa estaba al teléfono con Roma. En ese instante, le susurró: “Usted es el Papa”. Bergoglio lo miró atónito: “No, Alejandro, eso no es posible”. Recuerda el padre Russo: “Lo decía porque él acababa de renunciar a su sede en Buenos Aires, había cumplido 75 años y creía que su tiempo ya había pasado”.
Lo que siguió fueron horas de tensión, llamadas desde Roma y una conversación que culminó con una reflexión de Russo: “Cuando se elige a un Papa, no se tiene en cuenta nada, porque el Papa es soberano, está por encima de la ley, es el legislador Supremo, el Vicario de Cristo”. A pesar de que Bergoglio insistió en que no era el momento de discutir sobre su posible elección, pronto se hizo evidente que la historia comenzaba a tomar un nuevo rumbo.
El 11 de febrero de 2013, a las 11:30 de la mañana en Roma, Benedicto XVI sorprendió al mundo anunciando su renuncia papal en latín. Mientras las palabras del Papa alemán resonaban en la Ciudad Eterna, en Buenos Aires ya era la 7:30 de la mañana. Jorge Mario Bergoglio, en ese entonces cardenal y arzobispo de la capital argentina, ya había estado despierto durante tres horas. Su jornada comenzaba en su modesto departamento en el segundo piso de la Curia, un lugar sencillo de dos habitaciones. En ese mismo instante, en otra parte del edificio contiguo a la Catedral Metropolitana, con vista a la Plaza de Mayo, el padre Alejandro Russo, actual rector de la Catedral de Buenos Aires, también despertaba, sorprendido por la noticia.
El padre Russo conocía a Bergoglio desde su tiempo como provincial de los Jesuitas. Su vínculo se fortaleció cuando el Cardenal Quarracino lo nombró obispo auxiliar de la ciudad y vicario en Flores, en una época en que el padre Russo se encargaba de la parroquia de Belgrano, donde curiosamente, Alberto, uno de los hermanos de Bergoglio, acudía a misa.
En la sacristía de la Catedral, rodeado de cálices de arzobispos, un antiguo aguamanil traído por el rey Carlos III en el siglo XVIII y reliquias de santos, el padre Russo recordaba aquellos días previos a la partida del cardenal Bergoglio de Buenos Aires. «Él siempre seguía el mismo patrón», destacó al comenzar. La rutina de Bergoglio en Buenos Aires era minuciosa. Se levantaba a las 4:30 de la mañana, iniciando su día con dos horas y media de lectura y meditación, como corresponde a un buen jesuita. Luego, si no tenía compromisos importantes, oficiaba misa y ocupaba su despacho a las 7:00, respondiendo cartas y atendiendo audiencias. A las 11:30, ya estaba almorzando en el comedor del segundo piso, seguido de una breve siesta. La tarde se completaba con más trabajo en su oficina hasta las 19:00. «Él siempre estaba disponible para atender llamadas, resolvía todo rápidamente», señalaba el padre Russo, quien también recordaba que Bergoglio nunca utilizó computadora, prefiriendo escribir a mano o en una máquina de escribir eléctrica. Durante un tiempo contó con un secretario, y luego tuvo dos asistentas para atender el teléfono, Otilia y Elisa. Sin embargo, la agenda, que era de papel, la llevaba él mismo en su antiguo portafolios con hebillas.
«Era muy austero con la comida», recordaba el padre Russo. «Jamás lo vi preparar un mate ni llevar un termo. Aquello de que en el Vaticano se dedicaba a cebar mates es solo un mito. Prefería el café y, si le ofrecían un mate, lo aceptaba, pero no era algo habitual en él». Bergoglio era muy cuidadoso con su salud, se alimentaba de verduras y disfrutaba de la gastronomía piamontesa, siempre con mesura. Su sentido del humor se reflejaba en anécdotas como aquella ocasión en la que, al ver a su hermano Alberto y al padre Russo en Roma, exclamó: «¡Ay, Dios! Todas las pizzerías de Roma están en alerta».
Las cenas que compartía eran sencillas y se realizaban temprano. “Él mismo calentaba lo que le dejaban preparado. No tenía problemas en hacer las cosas por su cuenta”, recuerda Russo. A las 9 de la noche se retiraba a su habitación, un espacio austero con una cama, un armario y una mesita de luz. No tenía televisor, ya que había hecho una promesa a la Virgen del Carmen. Su única excepción a la rutina era escuchar música clásica los sábados por la tarde, momento en que sintonizaba Radio Nacional.
En la Curia, Bergoglio contaba con tres oficinas. La más amplia la utilizaba solo cuando no había mucha gente. El día en que Benedicto XVI anunció su renuncia, el cardenal Bergoglio estaba trabajando en su oficina, en pleno lunes de Carnaval, en un ambiente de total serenidad, casi como si nada importante estuviera sucediendo. A las 8 de esa mañana, el padre Russo recibió una llamada inesperada en su habitación, informándole sobre la renuncia papal. Inmediatamente, se comunicó con Bergoglio.
“¿Dónde te encuentras? ”, preguntó el arzobispo. “En mi cuarto”, respondió Russo. “Vístete y ven”, le indicó Bergoglio. Al llegar a la oficina, vio que el Papa estaba al teléfono con Roma. En ese instante, le susurró: “Usted es el Papa”. Bergoglio lo miró atónito: “No, Alejandro, eso no es posible”. Recuerda el padre Russo: “Lo decía porque él acababa de renunciar a su sede en Buenos Aires, había cumplido 75 años y creía que su tiempo ya había pasado”.
Lo que siguió fueron horas de tensión, llamadas desde Roma y una conversación que culminó con una reflexión de Russo: “Cuando se elige a un Papa, no se tiene en cuenta nada, porque el Papa es soberano, está por encima de la ley, es el legislador Supremo, el Vicario de Cristo”. A pesar de que Bergoglio insistió en que no era el momento de discutir sobre su posible elección, pronto se hizo evidente que la historia comenzaba a tomar un nuevo rumbo.

